Grindhouse: Rodríguez y Tarantino Critica

No deja de resultar curioso que en la presente temporada hayan llegado a las pantallas una serie de ejercicios fílmicos firmados por realizadores variopintos de trayectoria y valoración desigual, quienes, fijando su mirada en el pasado, ofrecen al espectador actual una serie de propuestas que valoradas en su justa medida podemos decir que, al cabo y a la postre, resultan productos delicuescentes.

Lo anterior no pretende ser una apreciación peyorativa, puesto que uno es consciente de la etapa de transición en que parece haberse estancado “el arte e industria cinematográfica”, ofreciendo y buscando distintas opciones en los últimos años. Pero no deja de ser cierto que esta serie de películas revisionistas y homenajeantes y que tienen mucho de sucedáneos, por qué no decirlo, parecen olvidar la principal virtud de sus modelos, las originales, que eran películas concebidas por y para el público y no ejercicios de ego de su hacedores.

Dicho esto, aclarar que el presente comentario está realizado sobre la concepción original de Grindhouse, un homenaje a los programas dobles y a las extintas salas donde éstos se exhibían. Ni que decir tiene que tal y como han sido mostradas a los espectadores de fuera de los USA, el espíritu e intención original de la propuesta desaparece y se diluye al convertir en dos películas lo que estaba concebido como un único espectáculo. Al ser vista por separado se acentúa, para mal, el modo, manera y/o visión con que afrontan la realización y creación cada uno de sus responsables: Robert Rodríguez y Quentin Tarantino.

Visto el resultado, no nos queda más remedio que afirmar que lo mejor de la función son los trailers, unos avances de films inexistentes. De resultado desigual y realizados por Rob Zombie (Werewolf women of the SS), Edgar Wright (Don’t), Eli Roth (Thanksgiving) y Robert Rodríguez (Machete), quien inaugura la sesión. Los tres restantes tienen lugar entre las dos películas, Planet terror (Rodríguez) y Death proof (Tarantino).

Tal como decíamos, los trailes se revelan como lo más divertido, imaginativo e inteligente del programa doble, sobre todo los tres centrales, donde Rob Zombie se sumerge en el cine delirante  y desmelenado proponiendo incluso un lisérgico Fu-Manchú  incorporado por Nicolas Cage, Edgar Wright ofrece una mirada al terror sobrenatural a camino de los años 60 y 70, y Eli Roth desgrana ante el espectador la mecánica del slasher. Rodríguez por su parte, lejos de la agudeza y complicidad de estos, rinde pleitesía con mirada oligofrénica al cine de acción más barato y ramplón, siendo su modelo los ortopédicos y fenecidos productos Cannon, perpetrados por los “señores” Golam y Globos.

Así, Rodríguez se muestra incapaz de llevar más allá el discurso breve, algo que ya había demostrado de sobra con la primera pieza, Planet terror. En ella es manifiestamente comprobable que, sin tener a Frank Miller a su lado, no puede realizar una película decente y eficaz. De los muchos errores, e incluso algún horror, que comparten Planet terror y Death proof, tal vez el más llamativo sea la tardanza en entrar en materia, en arrancar la película, situando y centrando la atención del espectador dentro de la trama.

La película de zombies de Rodríguez nos sumerge en un exceso infantil de casquería y acción zafia supeditada a los golpes de efecto bobalicones. Huelga decir que el estilo de Robert Rodríguez es no tener estilo, aplicándolo sin rubor de forma desaliñada ycarente del menor pulso cinematográfico. Un caos fílmico donde, muy erróneamente, más es mejor, y cuyo resultado es plúmbeo y cansino. A eso se añade que lo inverosímil es mostrado con torpeza al carecer Rodríguez, ya no de talento, sino de sentido común, de sentido de la medida, y de agudeza.

Así pues, estos muertos vivientes de Rodríguez deambulan por un universo sublimado, convenientemente banalizado, y extraído de Apocalipsis caníbal (Bruno Mattei, 1980), Demons (Lamberto Bava, 1986) y Zombie 3 (Lucio Fulci, Bruno Mattei, 1988), películas más cerca de la concepción mimética propuesta por Lucio Fulci, que del modelo original desarrollado por George A. Romero.

Por su parte Tarantino sigue fiel a sí mismo: diálogos interminables, ya dirá alguien que geniales, narración fragmentada, travellings de ida y vuelta, movimientos de cámara envolventes, encuadres preciosistas y planos “a lo Leone”, mostrando muchos pies y muchas piernas. Tarantino juega con que un gran sector de su público, el que lo eleva y le otorga la categoría de genio, desconoce los modelos de los que parte e incluso podríamos decir que otro tanto hace una cierta crítica adoctrinante y cómplice que, por desconocimiento, lo encuentra sagaz, divertido e incluso sorprendente, y encumbra el sustitutivo antes que el auténtico.

Death proof es un festival tarantiniano en el que la mayoría del relato no pasa gran cosa y que parece ir a ningún sitio, y que sitúa, como es habitual en Tarantino, el clímax narrativo a la mitad de la historia, pasando después a un guiño al segmento de Rodríguez. Ambas películas confluyen de ese modo para introducirnos en el pedestre y desmañado cine de acción y persecuciones de los años 60 y 70. Concretamente aplica una capa de barniz, tomado del espíritu de las primeras producciones de Spielberg y Carpenter, sobre el cine de Al Adamson, Ted V. Mikels, Jack Starret o Lee Frost, donde después de la persecución viene la revelación de las múltiples citas, guiños y homenajes (¿plagios?) de la mano de Faster pussicat, kill, kill (Russ Meyer, 1966).

Para su estreno como películas independientes, se ha aumentado el metraje de ambos films, ya que de haberse exhibido tan como habían sido concebidos (una de las gracias consiste en la pérdida de una bobina en cada una de ellas) no llenarían los minutos mínimos que el cine comercial exige hoy en día. Es decir, que por aquí hemos pagado por ver los extras en la edición de DVD. La justificación para este horror, la dio su “producer”, el temible Harvey, ejecutivo de The Winstein Company y creador de Miramax Films, quien comentó durante la presentación “el desconocimiento de los programas dobles en Europa”.

Por último comentarles el error garrafal que supone este aumento de metraje, pues no hace más que ampliar el exceso y la sensación de indigestión y congestión, y que el programa doble resulta pesado e interminable. Cierto que Rodríguez y Tarantino han hecho lo que les ha dado la gana (bravo por la libertad creativa), pero ¿se acuerdan de lo que les comentaba al principio? ¿De la principal virtud de los modelos originales? Pues eso.

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El show de Truman

¿Cuál es el sueño de todo periodista adiovisual? Pues poder cubrir un acontecimiento contando con las máximas prestaciones posibles, reflejando así los hechos con todo lujo de detalles, intentando plasmar cualquier acto como si ocurriese al instante. Los reporteros gráficos son los grandes voyeur de nuestra era, siempre han querido plasmarlo todo, y es ahora con la modernidad digital cuando más información se registra. Los telefonos móviles graban al momento, internet sirve para colgar esta información en cuestión de minutos, las cámaras digitales te caben en un bolsillo del pantalón, hay ordenadores portátiles en la gran mayoría de familias, un mundo en el que la información fluye a una velocidad tan vertiginosa que no da tiempo a asimilarla por completo.

El boom de los realities shows (gran hermano) que avasallan nuestra programación temporada si y temporada también, vino precedido de una película que ahondó en un viejo sueño de las cadenas televisivas y de los espectadores más chismosos, la telerrealidad. Se trata de eliminar la ficción y apostar por la realidad en directo. Afortunadamente ese sueño no se ha hecho posible y probablemente nunca se materializará porque por un lado, los concursantes de este tipo de programas acaban actuando, acercándose por momentos a la ficción, y por otro, dudo que en un futuro pueda construirse un minimundo artificial tan detallado como el que vimos en “El Show de Truman“.

Truman es el protagonista de un programa de televisión centrado exclusivamente en su vida; sus quehaceres diarios, sus vivencias y sus intimidades. La principal pega es que no es consciente de ello. Truman vive una enorme mentira, deambulando en un continuo decorado, un pequeño país (Seaheaven) creado para él y con la finalidad de mostrar a una multitudinaria audiencia el transcurrir de sus días como si de una novela se tratase. Todos los acontecimientos están guionizados, desde su nacimiento, su paso por el colegio, sus historias de amor, todo. El problema llega cuando Truman se percata de algunos errores técnicos y de guión y comienza a plantearse la verosimilitud de su entorno y de su vida, pone en tela de juicio desde su matrimonio a la relación con su mejor amigo.

El Show de Truman denuncia a su modo la enorme manipulación que ejerce los medios de comunicación sobre sus audiencias, en busca de un share más elevado que se traduzca en beneficios económicos. Podemos ver a un Ed Harris preocupado por las cuotas de pantalla y por filmar escenas que congreguen al mayor número de espectadores posibles. Y he ahí donde encontramos también un dilema ético y moral interesante. Porque aunque la situación de Truman es evidentemente ficticia y difícilmente prosperaría en nuestro tiempo debido entre otras cosas a los derechos humanos de toda persona, si es cierto que hoy día tenemos ejemplos de programas bochornosos que se sustentan gracias al morbo que generan y a los estúpidos debates que promueven (Gran Hermano, El Bunker, Cambio Radical…). ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar la dirección de estos programas por conseguir audiencia? ¿Valen todo tipo de situaciones y enredos? ¿hasta cuando proliferaran este tipo de realities? ¿tienen algún límite moral o ético?. Y la audiencia… ¿no tiene ninguna clase de reparos, nunca gritará “Basta ya!”?.

Peter Weir (El Club de los Poetas Muertos) fue el encargado de dirigir al siempre infravalorado Jim Carrey en su papel de Truman, con el que ganó un Globo de Oro y con el que consiguió que por fín la industria lo tomara en serio después de una longeva carrera como comediante, facturando productos tirando a mediocres. A partir de este film Carrey seguiría probando con papeles más emocionales como los de Man on the Moon o la más independiente Olvídate de Mí, con las que se afianzó como actor dramático, papeles que ahora alterna con comedias a las que ya nos tenía acostumbrados.

Ed Harris  también consiguió un Globo de Oro y una candidatura al Oscar por este papel. Este señor está inconmensurable en su papel de director obsesivo que controla todos los detalles del programa. El resto del reparto tampoco está nada mal, con un nivel medio más que aceptable.

Weir imprime un ritmo bastante rápido a la película, sobre todo al principio, hecho que descoloca al espectador, preguntándose que será ficción y que será realidad. Alterna elementos exteriores al mundo de Truman conforme va avanzando la película, sutilmente, hasta que el espectador descubre el pastel. Habilidad de un guión que también fue nominado al Oscar.

El Show de Truman es una película que podría tener miles de debates en diferentes ámbitos (el del periodismo, el de la ética y moral, el mundo del espectáculo, el de la sociología…) y a ninguno dejaría indiferente. Un ejercicio pretencioso, ambicioso y complejo que sorprendió en su época, y que, una vez pasada casi una década desde su estreno, sigue de rabiosa actualidad. Sin duda, uno de los mejores films de la última década.

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The Road, la pelicula

Las adaptaciones de novelas al cine, sobre todo de novelas famosas, siempre han sido un arma de doble filo. Más cuando el texto viene precedido de una fama notoria en base a sus cualidades literarias. Con The Road, las sospechas de una irregular adaptación venían más que fundadas. ¿Como traspasar la prosa de McCarthy, sobria y precisa, pero no exenta de reflexión a la pantalla?

John Hillcoat se atrevió a adaptar la novela usando como gancho a un actor de reconocido prestigio en el mundo del cine, Viggo Mortensen. El director tan solo había hecho antes un largometraje, “La propuesta” y enfrentarse a un proyecto de tal envergadura era, cuanto menos, una apuesta complicada. Supongo que, para no patinar, la propuesta, valga la redundancia, de Hillcoat se basa en copiar de manera milimétrica el mundo creado por McCarthy en su novela.

Con una producción y fotografía excelente, uno se identifica pronto con ese paisaje y la angustia existencial de los dos protagonistas, ese padre y ese hijo, tan necesarios el uno para el otro, tan recíprocamente dependientes. Porque la cinta habla, por si no lo sabían, de un mundo devastado, apocalíptico, totalmente quemado por unas tormentas de fuego. Aquí no existe teorías explicativas. Uno acepta el mundo que ha creado el autor y no pregunta, simplemente, sobrevive con los protagonistas. En ese dúo, es mucho más creíble Viggo Mortensen, que le gana la partida al chico, Kodi Smit-McPhee, a veces rayando lo inverosímil. Aún así, logran captar las líneas básicas de la relación existente en la novela, y la película sale bien a los puntos. El pequeño pero necesario papel de Charlize Theron logra plasmar una de las posibles reacciones ante el dilema de seguir o no apostando por esa vida.

Como en toda adaptación, hay leves pero significativas modificaciones. En este caso, la mención a los caníbales, que desvía la película hacia un terreno que no es el idóneo, pasando a ser casi “una de Zombies”. Teniendo material con el que tratar la condición humana y su instinto de supervivencia, el terreno del thriller apocalíptico se antoja demasiado banal. En la novela, McCarthy ni siquiera los menta como tal, caníbales. La película los nombra en la primera frase. Diferencia los buenos de los malos lo más pronto posible, quizás porque en el cine norteamericano es práctica habitual. Y eso, significa un lastre. De la ambiguedad, se hubiera nutrido bien la primera parte de la película, dónde el espectador podría haber descubierto el pastel junto a los personajes, y no saberlo de antemano.

Aún así, cada encuentro en la película supone un dilema humano, y los picos ascendentes son trasladados con acierto por Hillcoat y llevado a cabo por los actores. El final, a mi modo de ver, no rescata esa intensidad que consiguió McCarthy. Pero nada grave, la adaptación si no pasará a la historia del cine ni llega al personalísimo nivel de los hermanos Cohen con “No es país para viejos”, te hará pasar un buen rato. McCarthy puede estar satisfecho.

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Hellboy

Es curioso, pero a pesar del enorme respaldo que ha obtenido por parte de crítica y público nunca me había acercado a la infernal figura de Hellboy. Mike Mignola acaparó varios premios Eisner (los Oscar del comic) con su creación, años después se filmó una versión para la gran pantalla dirigida por Guillermo Del Toro y hasta existe un videojuego con el personaje.

Entonces llegó a mis manos en su edición portuguesa la primera saga conocida, Hellboy: Semilla De Destrucción. En sus páginas se narra el origen del personaje. Encontramos a un grupo de seres pertenecientes al ejército nazi, estos invocan a un engendro infernal con el objetivo de que les ayude a desnivelar la Segunda Guerra Mundial, cuyo rumbo se decanta del lado de las tropas aliadas. Misteriosamente, la invocación acaba desarrollándose en terreno aliado, y es entonces cuando un grupo de exploradores dan con la criatura, educándola como si de un ser humano se tratase. Su nombre; Hellboy. Décadas después pasa a formar parte de la Agencia de Defensa e Investigación Paranormal, encargándose de resolver los casos más extravagantes.

Con este argumento Mignola nos presenta a un ser de aspecto demoníaco, que acapara una fuerza física sobrenatural además de otras habilidades, pero que piensa, habla y actúa como un ser humano. De hecho, Hellboy tiene una personalidad fría, meticulosa, por momentos calculadora, pero a su vez es irónico, siempre guiado por un peculiar sentido del humor. El extraño asesinato de su mentor (y padre adoptivo) le hará involucrarse en un caso relacionado con su pasado, descubriendo datos sobre su misteriosa naturaleza.

Hellboy es un investigador de lo paranormal, de casos extraños relacionados con otros mundos. En su colección podemos ver una amplia galería de seres propios del género: hechiceros, serpientes, fantasmas, no-muertos, etc.

Es precisamente en este terreno donde Mignola se encuentra realmente cómodo, juega con la ventaja de que la ambientación de la obra le ayuda, ya que al estar situada en escenarios tenebrosos y lúgubres puede desarrollar su excelente dominio de los claroscuros para así impactar en el lector, utilizando ese trazo grueso de lápiz que le caracteriza. No obstante, no creo que nos encontremos ante la mejor versión de Mignola, pienso que si en algo peca el autor es en que se pierde en sus propios vicios, y de este modo se centra en sus puntos fuertes conciente también de sus propias limitaciones. Estamos ante la etapa más asentada del autor, una etapa de estilo muy definido por la oscuridad de sus páginas.

Se puede decir nos encontramos en la placida madurez de Mignola, uno de los grandes ilustradores del noveno arte. Sus páginas en X-Men fueron excelentes y sus portadas para las grandes editoriales siempre serán recordadas. En mi opinión Mike Mignola puede ser considerado, por derecho propio, como uno de los mejores dibujantes de la historia del comic junto a otros como Moebius, Byrne, Sienkiewizc, Corben…etc.

Semilla De Destrucción capta el interés del lector conforme avanza en su trama, una vez que ya Hellboy entra en acción. Se tiene que degustar poco a poco y con cierta tranquilidad, pues la trama se descubre lentamente, quedando cabos sueltos por atar que se tratan en la siguiente saga: Hellboy, el despertar del demonio.

Recomendaría esta obra a los amantes del género de terror, las criaturas paranormales y ese campo temático. También a los que se interesen por las ilustraciones de Mignola, sobre todo por aquellas a página completa. Un público más generalista puede verse desubicado entre tanto misticismo.

Lo que está claro es que al leernos Hellboy podemos comprobar que a pesar de su largo recorrido artístico, queda Mignola para rato. Por eso rompo una lanza a favor de la trayectoria de este autor, es la suya, por derecho, una madurez respetable y coherente. No todos los de su generación supieron sobrellevar de este modo el paso de los años.

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Doce monos

El Monty Phyton Terry Gilliam llevó a los cines en 1995 uno de los clásicos contemporáneos de la ciencia ficción, la controvertida 12 Monos. Confieso que para entender medianamente esta película he tenido que visionarla al menos tres o cuatro veces, y siempre me quedarán hilos por atar para terminar de comprenderla del todo. Mi último visionado ha sido con dos buenos amigos (Fer y Jesús). Tras él, tuvimos cerca de una hora de debate para cerrar una interpretación común que nos convenciera.

Sinopsis

12 Monos tiene su punto de partida en el año 2035. La humanidad ha sufrido el ataque de un virus mortal que ha terminado con la mayor parte de la raza humana, de la cual sólo ha sobrevivido un ínfimo 1% que se esconde en el subsuelo terrestre. Un grupo de científicos supervivientes realizan estudios sobre este virus y la posterior epidemia que originó en la población mundial. Para ello experimentan con los primeros viajes espaciotemporales. James Cole es un preso que, a cambio de una amnistía o una rebaja de su pena, se presta voluntario a realizar estos viajes temporales para así recoger datos que sirvan en los estudios que están llevando a cabo. El objetivo es trasladarlo al 1996, año en el que comenzó la propagación del virus.

Un mágnifico rompecabezas

12 monos tiene una estructura peculiar basada en un guión majestuosamente desarrollado calculado al milímetro. Pilles por donde pilles la película esta tendría sentido al suponer un interminable bucle (en el espacio, el tiempo y en los acontecimientos) que irá desvelando poco a poco y con sentido la aventura de James Cole. Para terminar de entender la película recomiendo leer este artículo de la Wikipedia que se encarga de descifrar la mayor parte de los interrogantes de la misma, esos mismos que debatíamos en casa tras haberla visto.

Los viajes en el tiempo han sido tratados innumerables veces desde la maquinaria de Hollywood (Regreso Al Futuro, Terminator, etc). Se partía de la base que cualquier modificación en el curso de los acontecimientos cambiaba para siempre la Historia. 12 Monos se sitúa en el polo opuesto. Defiende que los acontecimientos son inamovibles a pesar de que se quieran cambiar viajando a través del tiempo. De ahí la importancia de un guión bien estructurado que no deje cabos sueltos.

Gilliam propone un futuro sin excesivos alardes tecnológicos, y aunque se trate de un mundo más avanzado, hay algo tosco y barroco en toda esa maquinaria. Se vale de una estética anticuada, oscura y mugrienta para recrear esa realidad apocalíptica suburbana. Recuerda vagamente al peculiar aspecto de la trilogía de Mad Max.

Los productores, que no confiaban mucho en el éxito de esa paranoia que tenía Gilliam en la cabeza, propusieron un rostro con tirón popular para protagonizar la cinta como reclamo para la taquilla. De este modo, contaron con el siempre eficiente Bruce Willis, que desarrolló un papel protagonista muy apropiado a sus características, la bellísima Madeleine Stowe y un Brad Pitt que llegó a conseguir por esta película una nominación a los Oscar como actor secundario. Un reparto que se revalorizaría con el tiempo.

Una película diferente, única y con un prisma muy personal, que con el tiempo se ha convertido en uno de los títulos de culto que más han dado que hablar entre aficionados al género. Repudiada por unos y alabada por otros, me sitúo sin dudarlo en su pequeño grupo de admiradores. Una verdadera joya.