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El show de Truman

¿Cuál es el sueño de todo periodista adiovisual? Pues poder cubrir un acontecimiento contando con las máximas prestaciones posibles, reflejando así los hechos con todo lujo de detalles, intentando plasmar cualquier acto como si ocurriese al instante. Los reporteros gráficos son los grandes voyeur de nuestra era, siempre han querido plasmarlo todo, y es ahora con la modernidad digital cuando más información se registra. Los telefonos móviles graban al momento, internet sirve para colgar esta información en cuestión de minutos, las cámaras digitales te caben en un bolsillo del pantalón, hay ordenadores portátiles en la gran mayoría de familias, un mundo en el que la información fluye a una velocidad tan vertiginosa que no da tiempo a asimilarla por completo.

El boom de los realities shows (gran hermano) que avasallan nuestra programación temporada si y temporada también, vino precedido de una película que ahondó en un viejo sueño de las cadenas televisivas y de los espectadores más chismosos, la telerrealidad. Se trata de eliminar la ficción y apostar por la realidad en directo. Afortunadamente ese sueño no se ha hecho posible y probablemente nunca se materializará porque por un lado, los concursantes de este tipo de programas acaban actuando, acercándose por momentos a la ficción, y por otro, dudo que en un futuro pueda construirse un minimundo artificial tan detallado como el que vimos en “El Show de Truman“.

Truman es el protagonista de un programa de televisión centrado exclusivamente en su vida; sus quehaceres diarios, sus vivencias y sus intimidades. La principal pega es que no es consciente de ello. Truman vive una enorme mentira, deambulando en un continuo decorado, un pequeño país (Seaheaven) creado para él y con la finalidad de mostrar a una multitudinaria audiencia el transcurrir de sus días como si de una novela se tratase. Todos los acontecimientos están guionizados, desde su nacimiento, su paso por el colegio, sus historias de amor, todo. El problema llega cuando Truman se percata de algunos errores técnicos y de guión y comienza a plantearse la verosimilitud de su entorno y de su vida, pone en tela de juicio desde su matrimonio a la relación con su mejor amigo.

El Show de Truman denuncia a su modo la enorme manipulación que ejerce los medios de comunicación sobre sus audiencias, en busca de un share más elevado que se traduzca en beneficios económicos. Podemos ver a un Ed Harris preocupado por las cuotas de pantalla y por filmar escenas que congreguen al mayor número de espectadores posibles. Y he ahí donde encontramos también un dilema ético y moral interesante. Porque aunque la situación de Truman es evidentemente ficticia y difícilmente prosperaría en nuestro tiempo debido entre otras cosas a los derechos humanos de toda persona, si es cierto que hoy día tenemos ejemplos de programas bochornosos que se sustentan gracias al morbo que generan y a los estúpidos debates que promueven (Gran Hermano, El Bunker, Cambio Radical…). ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar la dirección de estos programas por conseguir audiencia? ¿Valen todo tipo de situaciones y enredos? ¿hasta cuando proliferaran este tipo de realities? ¿tienen algún límite moral o ético?. Y la audiencia… ¿no tiene ninguna clase de reparos, nunca gritará “Basta ya!”?.

Peter Weir (El Club de los Poetas Muertos) fue el encargado de dirigir al siempre infravalorado Jim Carrey en su papel de Truman, con el que ganó un Globo de Oro y con el que consiguió que por fín la industria lo tomara en serio después de una longeva carrera como comediante, facturando productos tirando a mediocres. A partir de este film Carrey seguiría probando con papeles más emocionales como los de Man on the Moon o la más independiente Olvídate de Mí, con las que se afianzó como actor dramático, papeles que ahora alterna con comedias a las que ya nos tenía acostumbrados.

Ed Harris  también consiguió un Globo de Oro y una candidatura al Oscar por este papel. Este señor está inconmensurable en su papel de director obsesivo que controla todos los detalles del programa. El resto del reparto tampoco está nada mal, con un nivel medio más que aceptable.

Weir imprime un ritmo bastante rápido a la película, sobre todo al principio, hecho que descoloca al espectador, preguntándose que será ficción y que será realidad. Alterna elementos exteriores al mundo de Truman conforme va avanzando la película, sutilmente, hasta que el espectador descubre el pastel. Habilidad de un guión que también fue nominado al Oscar.

El Show de Truman es una película que podría tener miles de debates en diferentes ámbitos (el del periodismo, el de la ética y moral, el mundo del espectáculo, el de la sociología…) y a ninguno dejaría indiferente. Un ejercicio pretencioso, ambicioso y complejo que sorprendió en su época, y que, una vez pasada casi una década desde su estreno, sigue de rabiosa actualidad. Sin duda, uno de los mejores films de la última década.

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