serie generacion kill

Generación Kill

David Simon y su inseparable Ed Burns, a los que recordamos por esa obra maestra llamada The Wire, concibieron en 2008 Generation Kill, un acercamiento a la Guerra de Iraq en clave de teleserie basado en el libro homónimo de Evan Wright, periodista de la Rolling Stone que estuvo infiltrado en uno de los batallones del ejército estadounidense. Con este material, y remitiéndonos al título de la serie, podríamos pensar en un producto puramente bélico enfocado al ardor de la batalla, en un espectáculo a base de disparos, fuego y explosiones. Sin embargo, Simon y Burns, que delegan con acierto en Sussana White, Simon Cellan Jones y Patrick Norris las labores de dirección, optan por un relato realista y fidedigno de lo acontecido en Iraq en aquel fatídico y absurdo 2003.

Nos introducimos, a modo de road movie, en el segundo pelotón de infantería de reconocimiento del cuerpo de marines de los EEUU. La idea de Simon era describir con detalle la operación ‘Libertad para Iraq’ desde el prisma de un pelotón, a pie de campo, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Lo malo es que la representación es tan veraz que a uno le da la sensación de estar en un documental o en uno de esos programas de reporteros tan multiplicados hoy en día. Así, los siete episodios carecen de ese sentido cinematográfico presente en otros títulos afines como Hermanos de Sangre o La Delgada Línea Roja. Ni rastro de pinceladas hollywoodienses, puro hiperrealismo bélico. Simon prefiere, como ya sucedía en The Wire, una narración pausada y detallista que, apoyada en una magistral escenificación de la contienda (la recreación llevada a cabo en Mozambique y Sudáfrica parece el mismo Iraq) traslada al espectador al asfixiante desierto iraquí con una notable veracidad.

El cuidadoso elenco protagonista, del que sobresalen Alexander Skarsgard en el papel del sargento Brad y James Ransone como el cabo Ray, otorga credibilidad a ese grupo de marines de guerra tan heterogéneo. Tenemos al clásico soldado descerebrado, patriota y racista, que ansia matar iraquíes, al reflexivo y corpulento sargento, a un chiflado y charlatán conductor o al estratega teniente coronel entre otros muchos. Se le critica a Simon su esmero por reproducir fielmente las relaciones entre estos marines, que a sus diálogos le sobran bromas sexuales y les falta argumento. No estoy de acuerdo. Simon es sutil, pues muestra más que lo que enseña, invita a conocer las inquietudes de sus protagonistas através de gestos, comentarios ocasionales o acciones. Pero lo que sí recalca es la indignación de estos al llegar a Bagdad, al comprobar lo absurdo de una guerra inventada por capricho de los gobernantes. Pero antes ya había sacudido las conciencias con el feroz realismo de la batalla. Porque Generation Kill no se autocensura y si tiene que mostrar a un niño cosido a balazos o un iraquí sin piernas, lo enseña sin pudor. Imágenes duras para trasladarnos al infierno de un páis sumido en el caos organizativo, donde resistentes, opositores y bandidos conviven con ciudadanos de a pie, inocentes sin más más incentivo que el de sobrevivir a la guerra.

Generation Kill capta con audacia el amargo sabor de un conflicto armado que ni descubrió armas de destrucción masiva, ni liberó plenamente al pueblo iraquí, ni trajo paz a oriente medio. En cambio, la primera gran guerra del siglo XXI  trajo consigo la primera protesta antibelicista a nivel mundial y sumió al pueblo iraquí en un estado desesperanzador de incertidumbre.

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